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jueves, 10 de junio de 2010

La oposición católica a la agenda de El Cairo

En la Conferencia de Naciones Unidas sobre Población y Desarrollo de 1994 en el Cairo quienes se opusieron al cambio de paradigma y a que se confiara en las mujeres como agentes morales, lo hicieron desde la religión, desde una moral sexual basada en preceptos religiosos.
La Santa Sede, una entidad institucional con características únicas, lideró esta oposición. La Santa Sede es el supremo ente que gobierna a la comunidad católica constituída por el 17,4% de la población actual del planeta. Por otro lado la Santa Sede es el gobierno de la Ciudad del Vaticano, el territorio más pequeño del mundo – que con sus aproximadamente mil habitantes – casi exclusivamente varones - es considerado un Estado, principalmente por haber establecido relaciones diplomáticas plenas con 178 otros Estados.
En Naciones Unidas fue como gobierno de la Ciudad del Vaticano que la Santa Sede obtuvo el estatus de observador permanente. Pero en realidad actúa como el gobierno de la comunidad católica, pretendiendo hablar a nombre de más de un billón de personas.
En consecuencia la población católica tiene una representación doble en Naciones Unidas: las católicas y los católicos son representados por el Estado del cual son ciudadanas y ciudadanos, por ejemplo México o Estados Unidos o Filipinas, pero al mismo tiempo la Santa Sede también los representa o pretende tener el derecho a hacerlo. Nos encontramos pues frente a un viejo fenómeno a raiz del cual se han originado muchos conflictos en la historia de Europa: la cuestión de la separación de la Iglesia y del Estado, la cuestión de la secularización, de la laicidad. Se trata de esa pregunta tan vieja y recurrente de saber quién ejerce la autoridad política sobre los y las ciudadanas católicas de cierto país: el gobierno o la Santa Sede y sus representantes locales, la jerarquía católica, los obispos. ¿Quién puede hablar a nombre de ellas y de ellos, puede tomar decisiones, legislar?
No todos los países representados en Naciones Unidas son democracias en el sentido de que su Estado esté construido sobre el principio de la clara separación de los poderes: el legislativo, el ejecutivo y el judicial; en el sentido en que los principios de libertad, igualdad y solidaridad sean si no una realidad, al menos un ideal; sobra decir que la Santa Sede definitivamente no lo es. Es la última monarquía absolutista en Europa, un relicto político de los siglos XVII y XVIII. Pero cabe subrayar que no hay ningún otro Estado fuera de la Santa Sede que pretenda hablar a nombre de la población de otro o de otros Estados-Nación, y en realidad a nombre de la humanidad entera.

II.
El progreso médico creciente de los últimos cien años permitió cambiar la vida de las mujeres. La alta mortalidad materna, una fatalidad histórica, puede hoy en día prevenirse. Las mujeres obtuvieron los medios para ejercer el control efectivo de su fertilidad. Esto provocó cambios profundos en las relaciones de género, modificando las fundaciones sobre las cuales descansaba la organización patriarcal de la sociedad y desembocando en una profunda y generalizada crisis sistémica del patriarcado.
Como era de esperar, las grandes instituciones patriarcales y quienes detentaban el poder y se beneficiaban de sus privilegios se resistieron a estos cambios. La Iglesia católica como una de las expresiones más elaboradas del patriarcado y probablemente la justificación simbólica del patriarcado políticamente más institucionalizada vivió esta profunda crisis sistémica como una amenaza mortal y optó por reaccionar a ella de manera fundamentalista. Responder así fue una opción posible, que habría podido ser muy diferente. Pero en vez de abrirse al cambio y aceptar que el patriarcado no es la única forma posible de organizar la sociedad, en vez de optar por preservar las tradiciones, los principios y valores preciosos y que afirman la vida propios al catolicismo forjando formas sociales nuevas y más justas, más adecuadas al espíritu de nuestra religión, la cúpula de la Iglesia católica optó por preservar un aparato institucional completamente anticuado con un conjunto de reglas y normas crecientemente disfuncionales aun al precio de sacrificar el espíritu de esa religión.

III.
¿Por qué eligieron esa opción?
La religión es una de muchas expresiones de la cultura. Probablemente haya sido la más potente a través de la historia. Cuando una sociedad y una cultura atraviesan una crisis, la religión – y en particular su forma institucional – también se ve afectada.
Al ser elegido Papa Juan Pablo II, en 1978, una pequeña pero muy poderosa secta dentro del catolicismo muy rápidamente se hizo a todas las palancas de mando en la institución. Se trataba de una secta centrada en el poder y la influencia, no solo dentro de la Iglesia sino también en la sociedad. En el fondo el aparato eclesial no ha sido para ellos sino uno entre varios medios para obtener poder político y económico. Como muchas y muchos ya habrán comprendido, estoy refiriéndome al Opus Dei.
El Opus Dei es un fenómeno moderno que surgió en España y encontró seguidores esencialmente en el mundo hispano y en Italia. Se espera de sus miembros que estén volcados hacia el mundo y se esfuercen por ocupar puestos de influencia tanto en la política como en la economía. Son catalizadores de la modernización de la economía de un país, buscando al mismo tiempo mantener patrones sociales conservadores y si posible autoritarios. En otras palabras son la perfecta contraparte, dentro del catolicismo, para el fundamentalismo neoliberal y “neo-con” tan típico en sociedades más protestantes como Estados Unidos. Y el Opus Dei promovió mucho una agenda diplomática en el Vaticano. Desde que Juan Pablo II llegó a ser Papa, la Santa Sede duplicó o quizá triplicó el número de países con los que estableció relaciones diplomáticas, convirtiéndose en un actor internacional importante en escenarios como Naciones Unidas, donde la diplomacia determina las reglas de juego, sin tener en cuenta el poder militar, industrial, económico y financiero que cada actor realmente detenta.
Pero hay que tener en mente que el fundamentalismo religioso con toda su misoginia no es el único tipo de fundamentalismo existente, aunque quizá sea el más espectacular, ya que opera a nivel simbólico. Debemos tener en mente que hay otras formas de fundamentalismos que son tan peligrosos como el religioso. Quisiera enfatizar en un tipo de fundamentalismo que en este momento experimentamos como particularmente virulento: se trata del fundamentalismo económico. Lo que estamos vivenciando como una profunda crisis económica no es sino la expresión de un fundamentalismo despiadado que le impone a las poblaciones más vulnerables cargas sin precedentes. ¿De qué le sirve a las mujeres disponer de la legislación más perfecta en materia de salud sexual y reproductiva si los servicios son inaccesibles e impagables? - ¿Si la salud no es un derecho y una realidad sino solo un sueño y un bien de lujo? Resulta cínico hablar de libertad cuando solo quienes tienen dinero pueden pagarlo, y hablar del derecho a decidir si las mujeres no tienen los medios para pagar por ambas opciones.

IV.
Quisiera terminar estas reflexiones hablando sobre cómo organizar la resistencia al fundamentalismo.
Como el fundamentalismo es una expresión de la profunda crisis del patriarcado, una de las principales formas de resistencia a este fenómeno es el feminismo. Y las feministas religiosas desempeñan un papel predominante en la organización de la resistencia al fundamentalismo religioso. Organizaciones como Católicas por el Derecho a Decidir, es decir organizaciones basadas en el feminismo religioso analizan y desmitifican el fundamentalismo religioso. Informan y educan sobre este y forjan y promueven una moral sexual basada en la justicia, comprometida con el bienestar de las mujeres y que afirma la capacidad moral de mujeres y varones para tomar decisiones sensatas sobre sus vidas.
Trabajamos con muchas otras organizaciones, inspiradas y basadas en la religión o no, para promover los derechos de las mujeres. Y lo hacemos con gran ilusión y esperanza. El hecho de que existamos, de que podamos reflexionar sobre estos temas y que estos temas formen parte del orden del día son síntomas de que las cosas están cambiado y que ya han cambiado. Sigamos adelante en esta dirección afianzando alianzas.

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